También se llama M. ¡Que casualidad! Yo, en cambio, no hace ni un año que la conozco. Y desde entonces la he debido ver, unas cinco veces. Pero congeniamos, podemos hablar y sentirnos a gusto, lo cuál ya es mucho. Era profesora de Filosofía, hasta que lo dejó para superar un cáncer de pecho del cuál estaba ya recuperada cuando la conocí. Tiene como tu M. dos hijas, y por lo poco que he visto, (en agosto pasado, estuvieron cada una en un campo de trabajo en África) educadas para ser solidarias, lo cual dice mucho de los padres. Ellos mismos tuvieron de acogida a una niña el julio pasado (momento que aprovecho la niña para abrirse la cabeza cayéndose de la bici). Pese a mi temperamento mucho menos participativo, congeniamos, ahora diría más bien, nos complementamos. Eso sí, su marido está a su lado. Es la persona que me parece mejor persona de todas las buenas personas que conozco. No es broma. Solo con pasar cerca de su casa y saludarle ya me hace sentirme feliz.
La vi el domingo de las elecciones, ninguna votamos. Ha adelgazado veinte quilos desde que la conocí, yo la veo mal y ella me ve, pese a los restos de mi “estado depresivo por desgaste emocional”, llena de energía. Pero en realidad, la que tiene energía es ella. Ha decidido vivir cueste lo que cueste, quizás hasta poniéndose una venda en los ojos, para no ver la realidad. A su pregunta de que si le notaba que había adelgazado, le dije, con mi espontánea sinceridad, que si, que la veía mal. Me enseñó su cicatriz que le atraviesa todo el tronco y yo la animé con aquello de que la mía después de tres cesáreas, tampoco era para volverse loca de alegría. Me explicó que está cuidando mucho su alimentación a base de papillas de arroz. Y yo frivolice con eso de que “estoy haciendo régimen también y ahora te traigo unas galletitas de arroz, buenísimas”. Casi no la dejé hablar, le empecé a explicar ciertos proyectos que se me acababan de ocurrir y logré ilusionarla, pero de verdad, me pidió si podría participar. Si supiera que soy una soñadora. Si supiera cuantas ideas que se me ocurren se quedan en eso, se quedan en ideas.
No sé si la volveré a ver, fijaos si está mal el asunto. Me pasé el viaje de vuelta lloriqueando. Sabemos que tenemos fecha de caducidad, pero no me acostumbro. Espero morir deprisa, no tendré fuerzas ni valor para otra cosa.
Era el principio de una amistad, que puede que nunca se haga realidad.
Nunca leerá esto, pero aún así, no tengo valor de dejarla sin ninguna ilusión. Los médicos no lo pueden todo, pero los médicos tampoco lo saben todo. Está en manos del destino (o de Dios o de la quimio), pero pase lo que pase, me alegro de haberla conocido.
Está claro que de todas las ideas que se me han ido ocurriendo a lo largo de la vida, la que le expliqué, pasa a ser un objetivo principal para mí, a partir de este momento. No quiero defraudarla.
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Si haces realidad solo una parte de tus proyectos e ideas, no solo no defraudarás a M. nos harás felices a muchos. Venga, ánimo!! Y que tu M. lo llegue a ver, no pierdas tiempo. A mi me quedaron conversaciones a medias y lo llevo fatal. Así que manos a la obra (sentido figurado, claro), que todo pasa muy rápido. Por cierto, tengo cosas que contaros.
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